Me llaman Estrés (2ª Parte)

 

Hola… Tal como te prometí, he vuelto…

La vez anterior te hablé de mi “lado bueno”. Pero, como también te dije, si no me haces caso a tiempo, me voy convirtiendo en algo no deseable…

… Y entonces, me desbordo. Poco a poco, te das cuenta de que te vas “desordenando”. Este desorden emocional hace que te sientas incapaz para reaccionar adecuadamente ante los siguientes acontecimientos.

Pero como no te queda otra que enfrentarte a ellos, tienes que esforzarte mucho más para conseguir dar la respuesta idónea y esto conlleva, en fin, el agotamiento, la desgana e, incluso, la agresividad como rebelión ante la sensación de inutilidad que experimentas.

Y ahora me voy a poner en plan agorero para decirte que las consecuencias psicológicas de todo esto no se hacen esperar.

Aparece así el sufrimiento y la imposibilidad de disfrutar de los aspectos agradables del ambiente; pierdes el interés por lo que te rodea, se deterioran tus relaciones afectivas (y a veces, casi siempre, las sexuales); desconfías de tus propias facultades y puedes llegar, incluso, a tener dificultades para reaccionar adecuadamente ante lo que está ocurriendo.

Más aún, y en el peor de los casos, cuando ya has dejado que yo, Estrés, te invada completamente, empiezas a experimentar una serie de síntomas físicos, tales como: dolores de cabeza, taquicardias, vértigos, insomnio, etc… Algo realmente desagradable, lo reconozco.

¿Qué puedes hacer para evitar todo esto?

Como ya te han dicho muchas veces y para muchas cosas, la solución más efectiva, por supuesto, siempre está en la prevención; de  manera que puedas mantenerme en ese primer grado deseable, cuando me dedico a prepararte para responder de la mejor manera posible ante las circunstancias que te rodean. Esto lo conseguirás si puedes mirar el entorno con la suficiente perspectiva como para objetivizar y desdramatizar sus partes más conflictivas.

También puedes enfrentarte a cada una de esas situaciones, por ejemplo, planteándote pequeñas metas que sean fáciles de alcanzar y no presenten grandes dificultades. Una vez conseguidas éstas, programas las siguientes y así sucesivamente. O sea, como el corredor de una carrera de obstáculos, que no puede saltar una barrera si no ha conseguido rebasar la anterior.

Si desde el principio te propones metas inalcanzables, muy lejanas o difíciles, te irás desgastando poco a poco, para, de todas formas, no lograrlas, deshinchándote y perdiendo energía irremediablemente por el camino.

Todo esto haría buena la célebre fábula de “La Liebre y la Tortuga”, o como diría Machado: “Se hace camino al andar”… y yo apostillo: “no al correr, o al saltar”.

Y ya puestos, voy a terminar como empecé, cuando te decía el otro día que… “El que avisa, no es traidor”.

 

 

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