Ese Llamado Síndrome Post…

 

¡¡¡ VACACIONES !!!

¡¡¡ Bieeeeen !!!… ¡¡¡ Qué ricas !!! ¿Verdad?

Sol, agua, playa, chiringuitos, lectura, tumbona, vaguear, siestas entre pinos, regar los tomates del huerto del abuelo, tirarse a la Bartola (es un decir; que no se malinterprete)…

Se acabó… ¡snif!….

Ya has vuelto ¿no?… ¿Qué sientes?

Y tú me dirás… ¿Qué voy a sentir, si este pe-punto reloj suena a una hora que no existe y me levanto cuando aún no han puesto las calles?… ¿Pues qué voy a sentir?… ¡Uff!…

Desgana, cansancio, desmotivación, mareos, escalofríos, malestar general, irritabilidad, somnolencia… durante el día… ¡porque por la noche no pego ojo!… ¡Y, al día siguiente, otra vez!

O sea… el tan traído y llevado Síndrome Postvacacional. Pero no te preocupes. Esto dura unos cuantos días; un par de semanas, como mucho. Y aunque todavía queden ¡Once Meses! (con todos sus días, con todas sus horas y con todas sus letras) para reencontrarnos otra vez con nuestras amadas vacaciones, lo cierto es que, poco a poco, volvemos a coger el ritmo y nos recuperamos, empezando a rendir como si tuviéramos superpoderes… (¡Qué más quisiéramos!)… ¡je!….

Aunque, dicho sea de paso, tal como están las cosas, parece que en estos tiempos, una gran mayoría de nosotros, estamos bastante “conformes” con terminar las vacaciones y volver al trabajo. Porque nos consideramos afortunados por tener un trabajo.

A pesar de que nos cueste madrugar… o trasnochar (que también ocurre); a pesar de que se nos hagan pesadísimos los atascos mañaneros; a pesar de todos los pesares, parece que últimamente no acusamos tanto el Síndrome Postvacacional. Y aunque experimentemos algunos de sus síntomas, nuestra mente los justifica de tal forma que quedan minimizados.

Porque tenerlos, los tenemos. Es una simple cuestión fisiológica. Cuando nos vemos sometidos a un cambio, nuestro cuerpo tiene que adaptarse a lo nuevo y en este proceso, reacciona de mil maneras. La cuestión es que “se queja” y, de eso, nos enteramos. Pero como, por otro lado, estamos satisfechos de seguir teniendo trabajo, o de haber encontrado uno ¡por fin!, no nos importa sentir esas pequeñas incomodidades e, incluso, las damos por buenas.

Lo que nos llevaría a concluir que, en determinadas ocasiones, el dolernos de algo depende más de que queramos ser dolientes, que de ese algo en sí… Pero creo que esto nos lleva a otras cuestiones de las que ya hablaremos.

Por ahora… a disfrutar de nuestro Síndrome…

Aunque echemos de menos las vacaciones…

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