Esa… Angustia Vital (1)

 

Angustia…

Esta semana llegó una persona a mi consulta que traía una queja muy concreta… “Tengo angustia vital”, me dijo… “Me angustia todo; me angustia vivir”…

Así que hoy os voy a hablar de la angustia… Y tal vez, como me sucede en algunas ocasiones, me enrolle y tenga para dos “entradas”… o tres… porque son unas cuantas cosas las que puedo decir al respecto. Así que… allá vamos.

Pero voy a empezar por el principio… ¿Qué es la angustia?

Tal y como dice el Diccionario, “la Angustia es un sentimiento vital asociado a situaciones apuradas, a tensiones psíquicas, a desesperación, que presenta la característica de pérdida de la capacidad de dirigir voluntaria y razonablemente la personalidad”… Ya sé que parece una definición muy… rebuscada… pero es lo que pone.

Ahora vamos a utilizar otras palabras…

Pero si partimos de dicha definición, se podría decir… casi, casi… que es una compañera inseparable de nuestra existencia.

A través de los tiempos, los seres humanos hemos luchado por disminuir o por controlar nuestra angustia y para ello nos hemos servido de la Magia, de la Religión y de la Ciencia, consiguiendo con ello si no suprimirla, sí al menos soportarla.

Pero la Angustia, aunque se hable de ella como algo muy general, es sin embargo una experiencia muy concreta y privada en cada uno de nosotros, que se manifiesta según nuestras particulares características y según nuestra individual forma de vivir y sentir lo que nos rodea.

Cualquiera de nosotros, sin excepción, podemos sentir alguna vez una determinada forma de angustia… Y siempre, sea como sea y por lo que sea, esa angustia se percibe como una amenaza.

Además… y esto sí que es un fastidio, cualquier vivencia que tengamos, por placentera que nos parezca en un principio, pueda conllevar una cierta experiencia angustiosa.

Os pongo un ejemplo: Las relaciones afectivas… La pasión, la confianza, el saberse importante para alguien, el amor… todo eso nos provoca un cúmulo de sensaciones altamente satisfactorias… Y en ellas nos sumergimos, tratando de disfrutarlas al máximo.

Sin embargo, cuanto más disfrutamos, más sufrimos… porque irremediablemente vamos experimentando un aumento progresivo del miedo a la pérdida, o del miedo al fracaso, o del miedo a la dependencia…

Y ya se fastidió…

Sin darnos cuenta y sin solución de continuidad, va haciendo su aparición la Angustia… Y lo que en un principio se vivía con tanta ilusión y con tantísimo placer… empieza a sufrirse por la inseguridad que nos ocasiona sabernos vulnerables, sentirnos “al descubierto”, volvernos tan conocidos y tan previsibles que perdamos la capacidad de sorprender.

En vez de vivir y disfrutar lo que tenemos… nos angustiamos por la posibilidad de perderlo… Y no nos damos cuenta de que es precisamente así como lo perdemos…

Porque la angustia nos convierte en seres desconfiados, tristes, miedosos…

¿Y quién quiere tener a su lado a una persona así?

Y si nos volvemos desconfiados y, encima, observamos que el otro, o la otra, nos rehúyen… ¿No nos angustiamos más? ¿No sufrimos más? ¿No le empezamos a ver “con otros ojos”?

A partir de ahí, es fácil caer en el victimismo y pensar que la otra persona ya no es la que era… que ha cambiado para mal… que ya no nos quiere…

¡Noooo!… No es el otro el que ha cambiado!!!…

Hemos sido nosotros mismos los que, imaginando pérdidas y desgracias… los que, dejándonos ir en caída libre hacia la angustia… hemos cambiado nuestra perspectiva y nuestras prioridades…

… Y cambiamos.

… Y con el cambio, perdemos.

… Y con la pérdida, nos angustiamos más…

Y…

Así que… ¡déjate de rollos!… ¡ponte las pilas!…

… y VIVE lo que tienes HOY, en este preciso instante.

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