Tú en Tu Mejor Papel

 

 

Desde el mismo instante de nuestro nacimiento se nos asigna un “papel”.

Iniciamos nuestra andadura en el Gran Teatro de la Vida y no venimos como Espectadores, desde luego… Pero es que tampoco venimos como Directores…

Somos Actores… Y tenemos que empezar a Actuar…

Hemos caído en un determinado “Acto”… El escenario ya está montado: La casa, el barrio, la ciudad… Y sobre el escenario hay ya algunos personajes que están interpretando sus respectivos papeles: padres, hermanos, familia en general, grupo social, sociedad…

O sea que ya, de entrada, tenemos que asumir el papel de: hijo, hermano, sobrino, nieto… Y nuestra “obligación” es desarrollar bien ese papel; con una ejecución perfecta, en todos sus matices… Porque si no, el Conjunto de los actores, como Gran Director de la obra, nos lo recriminará y nos “obligará” a volver al papel asignado.

Más adelante, a medida que la “obra teatral” avanza, se nos irán asignando otros papeles; algunos incluso los podremos elegir. Pero siempre tendremos que seguir interpretando el “papel” de turno: madre, padre, tío, profesional, empleado, voluntario, artista, jefe…

Y si no lo interpretamos de la forma que está prevista, entonces ya es que somos “extravagantes”, o somos “rompedores”, o somos “asociales”, o somos “genios”; pero en cualquier caso, se nos mirará con suspicacia, con recelo, o con reservas… ¿Por dónde saldrá éste ahora?… ¿Qué se le ocurrirá después?…

Esto tiene dos posibles consecuencias: O se nos deja por imposibles, si nuestras “ocurrencias”, si nuestra “interpretación” tiene su “puntito” positivo; o se nos repudia y se nos castiga, si los efectos de nuestra “actuación” no son los “convenientes”.

Vale… Pues una cosa es que procuremos desarrollar bien el papel que de alguna forma se nos asigna, más que nada porque no tenemos más remedio que hacerlo así… y otra cosa muy diferente es que, para interpretar ese papel, tengamos que dejar de ser nosotros mismos y que eso nos genere problemas psicológicos y emocionales…

Porque, en ese caso, las cosas ya no van por donde tendrían que ir…

Si lo pensamos un poco, siempre… siempre… siempre que entramos en contacto con otra persona, cualquiera que sea, aunque sea muy cercana a nosotros, ya estamos representando un papel.

Sólo somos nosotros mismos cuando estamos a solas con nosotros mismos… Sólo en esos momentos es cuando no tenemos la necesidad, ni la obligación, de interpretar ningún “papel”…

Ahora bien, puestos a “actuar”… de cómo sea nuestra interpretación y de cómo creamos que tiene que ser dependerá que nos sintamos bien o mal.

Si tu actuación va en la línea de lo que te gusta hacer y de lo que quieres representar, entonces todo va bien…

No obstante, si hay un conflicto entre cómo interpretas tu papel, cómo crees que tienes que interpretarlo y cómo te gustaría hacerlo en realidad, te sentirás mal.

Y a continuación aparecerán los sentimientos de culpabilidad, la inseguridad… y una serie de trastornos emocionales que darán al traste con nuestra estabilidad.

La cuestión es que, en muchas ocasiones, no nos atrevemos a ser como somos… No nos atrevemos a decir lo que queremos decir… No nos atrevemos a “improvisar”… Ni siquiera nos atrevemos a pensar como queremos pensar.

Evidentemente, nuestra libertad tiene un límite… y ese límite todos sabemos dónde está. Aquí nadie tenemos “patente de corso”, “ni podemos hacer de nuestra capa un sayo”… Pero hasta llegar ahí hay mucho recorrido…

No se trata de entrar en conflicto con los demás…

Pero, desde luego, lo que hay que evitar a toda costa es entrar en conflicto con nosotros mismos.

Sabemos, porque se han encargado muy bien de que lo aprendamos, cuál es nuestro papel en esta sociedad que nos acoge… y hay que interpretarlo. Sí.

Conocemos bien a nuestro “personaje”… Pero conocemos mucho mejor a nuestra “persona”… Y estaría bien dejar que salga y que se manifieste; que se “interprete” a sí misma, en esto que he llamado el Gran Teatro de la Vida.

Sin duda, este es nuestro mejor “papel”…

… Y esta sería nuestra mejor actuación…

 

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