¡A las once, en casa!

 

 

La actual situación de crisis económica, con la consiguiente dificultad para encontrar trabajo que tienen los jóvenes, está dando origen, de un tiempo a esta parte, a multitud de problemas emocionales, tanto a nivel personal, como relacional. Pero muy especialmente, a nivel familiar.

Son muchos los chicos y chicas que, con veintiséis, con treinta y, en ocasiones, con más años, ven frustrados sus deseos de independencia económica y se ven obligados a seguir viviendo en el domicilio familiar; a expensas de que sus padres no sólo les den cobijo y les alimenten, sino que también les sufraguen, en la medida de sus posibilidades, las salidas nocturnas del fin de semana y las diversiones que reclaman y necesitan para poder mantener las relaciones con sus iguales.

Esto suele generar frecuentes conflictos entre padres e hijos ya que los primeros consideran que, mientras el retoño esté en su casa y dependa de ellos, se tiene que someter a sus reglas; en tanto que los hijos creen que ya son mayorcitos para decidir qué ropa se ponen, con quién salen, cuándo, qué van a hacer y, lo más peliagudo, hasta qué hora.

Pienso que el enfrentamiento, las discusiones y el intentar imponer “su razón” por la fuerza no llevan a nada… Espera. Sí… Lleva a más enfrentamientos, más discusiones y más conflictos… Y, en las ocasiones más dramáticas, incluso, a entrar en barrena hacia la violencia familiar.

Por otra parte, intentar razonar, cuando ambos “contendientes” tratan de desgranar miles de argumentos, para hacer prevalecer su propia postura, sin hacer la menor concesión a la postura del otro, tampoco es la mejor solución.

¿Entonces, qué hacer?

Te pongo un ejemplo: Eres un chico (o una chica) de veintitrés años. Es viernes y quieres salir esta noche. Te acercas a tu padre y le pides veinte euros. Tu padre te mira con el ceño fruncido y mientras saca la cartera del bolsillo, te dice: ¡A ver a qué hora llegamos esta noche!

Si tu respuesta es: ¡Jo, qué pesado, siempre igual; pues ya veré; cuando se vayan mis amigos!… ¡Pííííííííí!… ¡Respuesta incorrecta!… Te acabas de cargar el fin de semana.

Sin embargo, si respondes: “Pues, no sé; yo pensaba que sobre las cuatro (de la madrugada), más o menos ¿qué te parece?”… Claro, te arriesgas a que te diga ¡Ni hablar. A las once, en casa!… Pero, lo más probable, es que abras la puerta a una negociación que, si la llevas con calma, puede ser muy beneficiosa para ti.

Resumiendo… Por muy contradictorio que parezca, lo mejor es ponerse de su lado. Hacerle ver que comprendes sus puntos de vista y sus temores. Hazle ver que, aunque no lo compartes, entiendes que en ocasiones sean tan severos, dadas las dificultades que existen, tanto a nivel económico como de seguridad (ya sabes… la noche y sus peligros). Cede un poquito ante sus “normas”; colabora con ellos en el cuidado y mantenimiento de la casa; participa de la vida familiar durante la semana y, en alguna ocasión, llega a la hora que te digan, sin cuestionar nada.

Verás que, poco a poco, tus padres también se irán mostrando más “colaboradores” contigo y también se irán esforzando por respetar tu postura, aunque sea opuesta a la suya y tampoco puedan entenderla.

¿Y qué pasa si eres un padre o una madre?

Pues es lo mismo… pero desde el otro lado.

¿Qué edad tienes ahora? ¿Cincuenta, cincuenta y cinco…?

¿Tuviste alguna vez veintitrés años?… Eso me parecía.

Y me dirás que las cosas eran diferentes. Que con la edad que tiene tu retoño ahora, tú ya ganabas un sueldo; que tenías novia, o novio “formal”; que no había tanta inseguridad en las calles, ni tantas “bandas callejeras”; que tú ibas a lo tuyo y ya está… Sí. Tal vez. O no. Pero que tú eras tú.

Vale. Pero, a pesar de que “tú eras tú”, también querías que tus padres te entendieran; que te respetaran; que se pusieran en tu lugar; que tuvieran en cuenta tus deseos y tus necesidades.

¿Lo hicieron?… ¿No?… ¿Cómo te sentías?… ¿Y por qué vas a cometer tú el mismo error ahora?

¿Lo hicieron?… ¿Sí?… ¿Entonces…?… Porque no has salido tan “malo” ¿no?

No es cuestión de “imponerse”, a ver quién puede más; a ver quién gana esta vez.

Es cuestión de acercar posturas y de tratar de descubrir puntos comunes que, con toda seguridad, los hay… aunque estén un poco “escondidos” y, de entrada, no se vean.

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