Adivina, adivinanza

 

 

Es que él me conoce y sabe lo que siento… Yo sé lo que piensa ella…

¿Seguro? ¿Cómo puede saber él lo que tú sientes? ¿Cómo puedes saber tú lo que piensa ella?

¿Se lo has dicho? ¿Te lo ha dicho? ¿No?

Entonces, ni lo sabe, ni lo sabes.

No podemos pensar, de ninguna manera, que el otro sabe cómo nos sentimos si no se lo decimos. El otro no es adivino. Pero es que nosotros tampoco lo somos… ¡Ya quisiéramos! Pero no.

Os voy a poner un ejemplo… Resulta que yo veo llorar a Juan. Puedo pensar que llora porque está triste. De hecho, es lo que pensamos siempre cuando vemos a alguien derramar lágrimas. Pero, a lo mejor, nos equivocamos… A lo mejor llora porque está feliz y la emoción le desborda… Llorar no significa tristeza…

Pero como nos creemos “adivinos”, damos por hecho que esa persona siente lo que nosotros creemos que siente; o piensa lo que nosotros pensamos que piensa.

De la misma manera, cuando a nosotros nos pasa algo, aunque no lo decimos, damos por supuesto que los demás “saben” lo que nos pasa… ¿Por qué?… Y decimos: Es que se me nota lo que siento…

Pero no… No, necesariamente… Se nota que hay algo; se puede suponer que pasa algo… pero no se sabe qué es lo que se siente, o qué es lo que pasa o qué es lo que hay.

Y de ese juego de “adivinanzas” vienen muchos problemas en nuestras relaciones con los demás… Porque si ya empezamos a suponer cosas que no son, con esas suposiciones nos montamos nuestras películas o nuestras teorías; y partiendo de nuestras teorías, pasamos a la práctica… y el lío que se prepara a continuación puede ser importante… Y todo por una “suposición”.

Pero es que las cosas se pueden complicar todavía un poco más…  Porque si yo pienso que tú piensas… lo que sea con respecto a algo, a lo mejor no te digo algo sobre ese algo, porque puedes pensar tal cosa… Pero realmente eso sólo lo he pensado yo y no sé lo que hubieras pensado o dicho tú si te lo hubiera dicho… Parece un trabalenguas, pero por desgracia no es para tomárselo de forma lúdica.

Porque, sin darme cuenta, sin darnos cuenta, estamos construyendo nuestra relación sobre una base de supuestos, de adivinanzas y, lo que es mucho peor, de Incomunicación

¿Adónde nos lleva todo esto?

Al distanciamiento, a los enfados, a las discusiones, al sentirse incomprendido… y a que, en el mejor de los casos, un psicólogo como yo os diga… “Aquí estáis. Contadme qué os pasa.”

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