Somos adivinos…?

 

A veces lo creemos, sí; o al menos, nos comportamos como tales.

No hago esto porque me van a decir tal cosa… No digo esto porque seguro que no le va a gustar.

¿Cuántas veces lo hemos dicho? ¿Cuántas veces lo hemos pensado?

Muchas, muchas, muchas veces.

¿Y esto otro?… Ya sé lo que estás pensando… Seguro que crees que…

Es decir, como nosotros nos creemos adivinos, pensamos que los demás también lo son. Y de la misma manera que nosotros creemos saber lo que piensan ellos, pensamos que también ellos saben lo que pensamos nosotros.

Sin embargo, hasta donde yo sé, todavía no hemos desarrollado la facultad de la telepatía. Quizá podríamos desarrollarla, no lo dudo. Nuestra mente es un pozo sin fondo, lleno de ilimitados recursos cognitivos… pero, por suerte o por desgracia (vete tú a saber), a día de hoy, sólo utilizamos unos pocos, muy pocos.

Lo cierto es que esta “adivinación” no supondría ningún problema si no fuera porque constituye el origen de muchos de los conflictos que tenemos en nuestras relaciones con los demás; ya sean relaciones de pareja, laborales, sociales, de amistad, etc.

Porque nos hace “dar por ciertas” determinadas suposiciones que de “reales” sólo tienen las letras con que las escribimos o las palabras con que las formulamos.

No podemos pensar, de ninguna manera, que el otro sabe cómo nos sentimos si no se lo decimos. De la misma forma que no sabemos con seguridad qué siente o qué piensa el otro si él no nos lo dice.

Os pongo un ejemplo. Voy a ver a un amigo, llego a su casa y le encuentro llorando. Lo primero que pienso es que le ha pasado algo malo, o que algo le ha entristecido. Y me asusto o me preocupo y empiezo a montarme una película catastrófica, donde ya me veo como la salvadora del mundo universal, y le abro mis brazos para que se desahogue conmigo… Pero… ¡ja!… Resulta que me dice que le acaban de dar la noticia más maravillosa de su vida y que se ha emocionado tanto que no ha podido aguantar las lágrimas…

¡Y genial! ¡Fantástico!… Mi amigo es feliz y está llorando de pura felicidad. Y me alegro tantísimo que yo también me pongo a llorar con él… ¿Pero qué pasa con todo lo que he pensado yo? Poco menos que se me queda cara de tonta y lo más que acierto a decir después es:… ¡Uff, qué susto me habías dado!

Sin embargo… si hemos de ser sinceros, realmente no ha sido él quien me ha asustado. He sido yo misma la que me he asustado a mí misma… con mis suposiciones y mis “dotes adivinatorias”…

Ahora bien… no todo es tan simple… Muchas relaciones de pareja fracasan por jugar a ser adivinos, o por creer que el otro lo es.

Porque si suponemos cosas que no son, con esas suposiciones nos montamos nuestras películas o nuestras teorías; con nuestras teorías, tomamos decisiones; una vez que decidimos, pasamos a la acción y, a partir de ahí, el embrollo está servido… Y todo por una suposición errónea…

Que se puede complicar más aún cuando el otro supone, juega a adivinar y piensa:… Claro, si hace esto es por esto; y si ha tenido esta reacción, es por esto otro; pero no se lo digo, porque seguro que piensa tal cosa… ¡uff!…

No obstante, eso sólo es lo que piensa cada uno que piensa el otro; sin saber qué es, en verdad, lo que piensa el otro, sencillamente porque no se lo ha preguntado, o porque el otro no lo ha dicho.

En fin… un buen lío.

Así pues, vamos a dejar las “adivinanzas” sólo para cuando estemos jugando. Porque… como dicen en mi tierra:…

“El creíque y el penséque son hermanos del tonteque”.

 

 

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