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El Miedo al Rechazo (II)

 

Vale… Seguimos…

El otro día hablamos del sentimiento de rechazo; de cómo nos sentimos cuando percibimos que alguien nos rechaza.

Hoy vamos a ver qué podemos hacer al respecto.

Tenemos varias opciones, así que las vamos a plantear y comentar.

Una de ellas, que es la que se suele utilizar cuando el rechazo nos pilla con la personalidad “floja” y que intenta a toda costa llamar la atención es la Autolesión. Autolesionarse físicamente y/o desarrollar, por ejemplo, un Trastorno de Alimentación.

Pero te pregunto:… ¿Crees que eso funcionaría? ¿Crees que así te volverían a aceptar?

A mí me parece que no. Con ello lo único que conseguirías sería “dar pena”… aparte de meterte en un montón de problemas… muy graves, por cierto.

Y ya me dirás qué diferencia puede haber entre sentirse rechazado o sentir que “damos pena”… Son dos patas del mismo banco.

Otra opción:… ¿Resignarse?

La resignación es una autolesión, se mire por donde se mire… Porque nos lleva a comernos el coco y a maltratarnos psicológicamente diciendo cosas como… si me hacen esto es porque me lo merezco y si me lo merezco es porque soy mala persona y si soy mala persona no soy digna de estar en este mundo y si no soy digna de estar en este mundo…..

Poned detrás de esos puntos suspensivos lo que queráis… Pero coincidiréis conmigo en que así no se adelanta nada.

¿Entonces qué hacer?

Lo más simple y, por otra  parte, lo más lógico: ver por qué ocurre.

Hablar abiertamente con esa persona. En el supuesto, claro, de que esa persona tiene cierta importancia para nosotros, o pertenece a alguno de nuestros círculos cercanos; porque si no es así…

Pero bueno, volviendo a donde estábamos, la cuestión es averiguar qué pasa. Porque, como se suele decir: Hablando se entiende la gente.

Y una vez que sabes el porqué, actúas en consecuencia…

Puede ocurrir, y muchas veces ocurre, que el rechazo se ha debido a una confusión, a un malentendido… Y no hay nada mejor que expresarse en el mismo idioma para aclarar lo que haya ocurrido.

Ahora si, como pasa otras veces, el rechazo se debe a algo muy gordo que hemos hecho o dicho de forma ostensible, pues tenemos dos opciones:

Pedir excusas y retirar, o tratar de paliar en lo posible, lo que hicimos o dijimos… “porque no pensé que pudiera afectarte tanto como para que ya no quieras saber de mí”…

O reafirmarnos en lo que ocurrió, eliminando así de un plumazo ese inicial miedo al rechazo, si estamos convencidos de que hicimos lo que había que hacer, aunque haya tenido las consecuencias que ha tenido…

Porque no hay nada más efectivo para eliminar el miedo, cualquiera que sea, que la convicción de que hay que hacer algo, lo que sea.

Y, en el caso concreto que nos ocupa, si por hacer esto que honradamente creía que tenía que hacer, te he disgustado conmigo y me rechazas… pues mira, lo siento y, si así lo quieres, hasta aquí hemos llegado… Y cada uno por su camino.

Pero, por supuesto, siempre teniendo hacia esa otra persona el mismo respeto que quiero que me tengan a mí.

…. Que, como dijo el otro: “Nobleza obliga”.

 

El Miedo al Rechazo (I)

 

¿Y si no les gusto?…

¿Y si no les caigo bien?…

Y decimos que, bueno, que no pasa nada. Que cada uno es cada uno y tiene sus gustos. Que no nos importa…

Pero sí nos importa… y mucho.

El rechazo es algo que todos tememos, en mayor o menor medida.

¿Por qué? Pues, entre otras cosas, porque lo interpretamos como una humillación; y a nadie nos gusta que nos humillen.

Todos queremos ser importantes para alguien… Necesitamos sentir que le importamos a alguien. Entonces, cuando descubrimos o cuando creemos descubrir que no somos importantes para una persona en concreto, porque no es cierto, de ninguna manera, que todo el mundo nos rechace, no podemos evitar sentirnos muy mal. Incluso, no podemos evitar rebelarnos contra nosotros mismos tratando de indagar las causas de ese rechazo.

Y lo peor es que no las encontramos.

No entendemos qué puede haber en nosotros que no guste a los demás… Bueno, a lo mejor soy un poco charlatán; o a lo mejor soy un poco tímido; o a lo mejor soy un poco serio; o a lo mejor soy un poco pesado; o a lo mejor soy un poco… ¡Pero eso sólo son pequeños defectillos de nada!

Y como no lo entendemos… se nos cae el mundo encima. Nos deprimimos; nos sentimos mal y nuestra autoestima sufre las consecuencias.

Ya está. Soy un desgraciado. No valgo para nada. No le gusto a nadie. Soy un desastre…

Es muy probable que todo esto lo hayamos dicho o pensado alguna vez… Y no vemos más allá.

Sin embargo el hecho de que, en un momento dado, nos rechace una persona en concreto, o tengamos esa sensación de rechazo, lo que nos tendría que llevar a cuestionar es, como mucho, por qué yo no soy importante para esa persona “exclusivamente”…

Y si nos lo cuestionamos desde la serenidad y desde la lógica, veremos que, probablemente, el motivo está en que esa persona tiene otras expectativas, tiene otras ideas, tiene otras metas que no coinciden con las nuestras, con lo que somos o con lo que representamos…

¡Y ya está!… ¡No hay nada más!…

Por otra parte, que me rechace esa persona, o que no le guste, o que no le caiga bien, no significa que me rechacen los demás; no quiere decir que no le guste a nadie más; no debe interpretarse como que le caigo mal a todo el mundo… Entre otras cosas, también, porque ni yo conozco ni a mí me conoce Todo El Mundo.

Luego nos pasa una cosa que resulta curiosa… En el mismo instante en que pensamos que alguien nos rechaza… !zasca!… nosotros también rechazamos a ese alguien. El rechazo se convierte en algo recíproco.

¿Cómo es eso?… Pues porque nuestro Yo se defiende… Apenas atisba el “peligro“, pone en marcha sus Mecanismos de Defensa…

¿Y por qué?… Esto se responde fácilmente: Porque sería de tontos estar dándose contra un muro. O sea, te está rechazando esa persona y tú ¿insistes, insistes e insistes?… Vaya tontería ¿no?… ¡Qué manera de perder el tiempo!… ¡Qué ganas de humillarse!… Si no has tenido ya bastante con sentirte humillado por el primer rechazo ¿todavía insistes en humillarte tú mismo?

Entonces, como nuestro Yo está al quite, genera el correspondiente mecanismo de defensa: Vale, muy bien; pues si me rechazan, yo también los rechazo…

Por supuesto, esto no es siempre así. Y, desde luego, no debería ser así.

Las reacciones son muy diferentes según la edad o la madurez de la persona que experimenta esa sensación.

Cuando somos adolescentes y nuestra personalidad está en sus fases más vulnerables, se nos hunde el suelo bajo nuestros pies. Y si no encontramos la guía o el contrapunto adecuado, podemos desarrollar, en según qué casos, importantes trastornos emocionales y/o de conducta.

No obstante, a medida que vamos madurando, que nos vamos “haciendo mayores”, que nos vamos sintiendo más seguros de nosotros mismos y nuestra personalidad adquiere ese punto de serenidad “inteligente“, el planteamiento es muy distinto: ¿Me rechaza? Bueno, pues sus motivos tendrá. Lo vives de otra manera. No te afecta tanto a nivel de autoimagen o a nivel de sentimientos. Siempre hay excepciones, por supuesto; pero son excepciones.

En todo caso, y para no dejar cabos sueltos, especialmente si la persona que nos rechaza tiene cierta importancia para nosotros, quizá sea conveniente hacer algo al respecto.

¿Pero qué?

Bueno; por hoy ya me he extendido mucho y no quiero cansarte… Así que lo vemos el próximo día…